LOS DE ESTA AMÉRICA
Perfilados bien por un fondo de paredes celestes o de cielo alto, dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile gravísimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin música. Resignado, el otro se acomoda el chambergo y consagra su vejez a la narración de ese duelo tan limpio. Ésa es la historia detallada y total de nuestro malevaje. La de los hombres de pelea de Nueva York es más vertiginosa y más torpe.
LOS DE LA OTRA
La historia de las bandas de Nueva York (revelada en 1928 por Herbert Asbury en un decoroso volumen de cuatrocientas páginas en octavo) tiene la confusión y la crueldad de las cosmogonías bárbaras y mucho de su ineptitud gigantesca: sótanos de antiguas cervecerías habilitadas para conventillos de negros, una raquítica Nueva York de tres pisos, bandas de forajidos como los Ángeles del Pantano (Swamp Angels) que merodeaban entre laberintos de cloacas, bandas de forajidos como los Daybreak Boys (Muchachos del Alba) que reclutaban asesinos precoces de diez y once años, gigantes solitarios y descarados como los Galerudos Fieros (Plug Uglies) que procuraban la inverosímil risa del prójimo con un firme sombrero de copa lleno de lana y los vastos faldones de la camisa ondeados por el viento del arrabal, pero con un garrote en la diestra y un pistolón profundo; bandas de forajidos como los Conejos Muertos (Dead Rabbits) que entraban en batalla bajo la enseña de un conejo muerto en un palo; hombres como Johnny Dolan el Dandy, famoso por el rulo aceitado sobre la frente, por los bastones con cabeza de mono y por el fino aparatito de cobre que solía calzarse en el pulgar para vaciar los ojos del adversario; hombres como Kit Burns, capaz de decapitar de un solo mordisco una rata viva; hombres como Blind Danny Lyons, muchacho rubio de ojos muertos inmensos, rufián de tres rameras que circulaban con orgullo por él; filas de casas de farol colorado como las dirigidas por siete hermanas de New England, que destinaban las ganancias de Nochebuena a la caridad; reñideros de ratas famélicas y de perros, casas de juego chinas, mujeres como la repetida viuda Red Norah, amada y ostentada por todos los varones que dirigieron la banda de los Gophers; mujeres como Lizzie the Dove, que se enlutó cuando lo ejecutaron a Danny Lyons y murió degollada por Gentle Maggie, que le discutió la antigua pasión del hombre muerto y ciego; motines como el de una semana salvaje de 1863, que incendiaron cien edificios y por poco se adueñan de la ciudad; combates callejeros en los que el hombre se perdía como en el mar porque lo pisoteaban hasta la muerte; ladrones y envenenadores de caballos como Yoske Nigger –tejen esta caótica historia. Su héroe más famoso es Edward Delaney, alias William Delaney, alias Joseph Marvin, alias Joseph Morris, alias Monk Eastman, jefe de mil doscientos hombres.
EL HÉROE
Esas fintas graduales (penosas como un juego de caretas que no se sabe bien cuál es cuál) omiten su nombre verdadero –si es que nos atrevemos a pensar que hay tal cosa en el mundo. Lo cierto es que en el Registro Civil de Williamsburg, Brooklyn, el nombre es Edward Ostermann, americanizado en Eastman después. Cosa extraña, ese malevo tormentoso era hebreo. Era hijo de un patrón de restaurante de los que anuncian Kosher, donde varones de rabínicas barbas pueden asimilar sin peligro la carne desangrada y tres veces limpia de terneras degolladas con rectitud. A los diecinueve años, hacia 1892, abrió con el auxilio de su padre una pajarería. Curiosear el vivir de los animales, contemplar sus pequeñas decisiones y su inescrutable inocencia fue una pasión que lo acompañó hasta el final. En ulteriores épocas de esplendor, cuando rehusaba con desdén los cigarros de hoja de los pecosos sachems de Tammany o visitaba los mejores prostíbulos en un coche automóvil precoz, que parecía el hijo natural de una góndola, abrió un segundo y falso comercio, que hospedaba cien gatos finos y más de cuatrocientas palomas –que no estaban en venta para cualquiera. Los quería individualmente y solía recorrer a pie su distrito con un gato feliz en el brazo, y otros que lo seguían con ambición.
Era un hombre ruinoso y monumental. El pescuezo era corto, como de toro, el pecho inexpugnable, los brazos peleadores y largos, la nariz rota, la cara aunque historiada de cicatrices menos importante que el cuerpo, las piernas chuecas como de jinete o de marinero. Podía prescindir de camisa como también de saco, pero no de una galerita rabona sobre la ciclópea cabeza. Los hombres cuidan su memoria. Físicamente, el pistolero convencional de los films es un remedo suyo, no del epiceno y fofo Capone. De Wolheim dicen que lo emplearon en Hollywood porque sus rasgos aludían directamente a los del deplorado Monk Eastman... Éste salía a recorrer su imperio forajido con una paloma de plumaje azul en el hombro, igual que un toro con un benteveo en el lomo.
Hacia 1894 abundaban los salones de bailes públicos en la ciudad de Nueva York. Eastman fue el encargado en uno de ellos de mantener el orden. La leyenda refiere que el empresario no lo quiso atender y que Monk demostró su capacidad demoliendo con fragor el par de gigantes que detentaban el empleo. Lo ejerció hasta 1899, temido y solo.
Por cada pendenciero que serenaba, hacía con el cuchillo una marca en el brutal garrote. Cierta noche, una calva resplandeciente que se inclinaba sobre un bock de cerveza le llamó la atención y la desmayó de un mazazo. "¡Me faltaba una marca para cincuenta!", exclamó después.
EL MANDO
Desde 1899 Eastman no era sólo famoso. Era caudillo electoral de una zona importante, y cobraba fuertes subsidios de las casas de farol colorado, de los garitos, de las pindongas callejeras y los ladrones de ese sórdido feudo. Los comités lo consultaban para organizar fechorías y los particulares también. He aquí sus honorarios: 15 dólares una oreja arrancada, 19 una pierna rota, 25 un balazo en una pierna, 25 una puñalada, 100 el negocio entero. A veces, para no perder la costumbre, Eastman ejecutaba personalmente una comisión.
Una cuestión de límites (sutil y malhumorada como las otras que posterga el derecho internacional) lo puso enfrente de Paul Kelly, famoso capitán de otra banda. Balazos y entreveros de las patrullas habían determinado un confín. Eastman lo atravesó un amanecer y lo acometieron cinco hombres. Con esos brazos vertiginosos de mono y con la cachiporra hizo rodar a tres, pero le metieron dos balas en el abdomen y lo abandonaron por muerto. Eastman se sujetó la herida caliente con el pulgar y el índice y caminó con pasos de borracho hasta el hospital. La vida, la alta fiebre y la muerte se lo disputaron varias semanas, pero sus labios no se rebajaron a delatar a nadie. Cuando salió, la guerra era un hecho y floreció en continuos tiroteos hasta el diecinueve de agosto del novecientos tres.
LA BATALLA DE RIVINGTON
Unos cien héroes vagamente distintos de las fotografías que estarán desvaneciéndose en los prontuarios, unos cien héroes saturados de humo de tabaco y de alcohol, unos cien héroes de sombrero de paja con cinta de colores, unos cien héroes afectados quien más quien menos de enfermedades vergonzosas, de caries, de dolencias de las vías respiratorias o del riñón, unos cien héroes tan insignificantes o espléndidos como los de Troya o Junín, libraron ese renegrido hecho de armas en la sombra de los arcos del Elevated. La causa fue el tributo exigido por los pistoleros de Kelly al empresario de una casa de juego, compadre de Monk Eastman. Uno de los pistoleros fue muerto y el tiroteo consiguiente creció a batalla de incontados revólveres. Desde el amparo de los altos pilares hombres de rasurado mentón tiraban silenciosos, y eran el centro de un despavorido horizonte de coches de alquiler cargados de impacientes refuerzos, con artillería Colt en los puños. ¿Qué sintieron los protagonistas de esa batalla? Primero (creo) la brutal convicción de que el estrépito insensato de cien revólveres los iba a aniquilar en seguida; segundo (creo) la no menos errónea seguridad de que si la descarga inicial no los derribó, eran invulnerables. Lo cierto es que pelearon con fervor, parapetados por el hierro y la noche. Dos veces intervino la policía y dos la rechazaron. A la primer vislumbre del amanecer el combate murió, como si fuera obsceno o espectral. Debajo de los grandes arcos de ingeniería quedaron siete heridos de gravedad, cuatro cadáveres y una paloma muerta.
LOS CRUJIDOS
Los políticos parroquiales, a cuyo servicio estaba Monk Eastman, siempre desmintieron públicamente que hubiera tales bandas, o aclararon que se trataba de meras sociedades recreativas. La indiscreta batalla de Rivington los alarmó. Citaron a los dos capitanes para intimarles la necesidad de una tregua. Kelly (buen sabedor de que los políticos eran más aptos que todos los revólveres Colt para entorpecer la acción policial) dijo acto continuo que sí; Eastman (con la soberbia de su gran cuerpo bruto) ansiaba más detonaciones y más refriegas. Empezó por rehusar y tuvieron que amenazarlo con la prisión. Al fin los dos ilustres malevos conferenciaron en un bar, cada uno con un cigarro de hoja en la boca, la diestra en el revólver y su vigilante nube de pistoleros alrededor. Arribaron a una decisión muy americana: confiar a un match de box la disputa. Kelly era un boxeador habilísimo. El duelo se realizó en un galpón y fue estrafalario. Ciento cuarenta espectadores lo vieron, entre compadres de galera torcida y mujeres de frágil peinado monumental. Duró dos horas y terminó en completa extenuación. A la semana chisporrotearon los tiroteos. Monk fue arrestado, por enésima vez. Los protectores se distrajeron de él con alivio; el juez le vaticinó, con toda verdad, diez años de cárcel.
EASTMAN CONTRA ALEMANIA
Cuando el todavía perplejo Monk salió de Sing Sing, los mil doscientos forajidos de su comando estaban desbandados. No los supo juntar y se resignó a operar por su cuenta. El 8 de setiembre de 1917 promovió un desorden en la vía pública. El 9 resolvió participar en otro desorden y se alistó en un regimiento de infantería.
Sabemos varios rasgos de su campaña. Sabemos que desaprobó con fervor la captura de prisioneros y que una vez (con la sola culata del fusil) impidió esa práctica deplorable. Sabemos que logró evadirse del hospital para volver a las trincheras. Sabemos que se distinguió en los combates cerca de Montfaucon. Sabemos que después opinó que muchos bailecitos del Bowery eran más bravos que la guerra europea.
EL MISTERIOSO, LÓGICO FIN
El 25 de diciembre de 1920 el cuerpo de Monk Eastman amaneció en una de las calles centrales de Nueva York. Había recibido cinco balazos. Desconocedor feliz de la muerte, un gato de lo más ordinario lo rondaba con cierta perplejidad.
De: Historia universal de la infamia (1935)
Τὰ δ' ἀργυρώματ' ἐστὶν ἥ τε πορφύραεἰς τοὺς τραγῳδοὺς χρήσιμ', οὐκ εἰς τὸν βίονSócrates
miércoles, 23 de noviembre de 2011
EL HOMBRE de Juan Rulfo
Los pies del hombre se hundieron en la arena dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal. Treparon sobre las piedras, engarruñándose al sentir la inclinación de la subida; luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.
“Pies planos —dijo el que lo seguía—. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan fulanos con estas señas. Así que será fácil.”
La vereda subía, entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres. Parecía un camino de hormigas de tan angosta. Subía sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allí y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.
Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin: “No el mío sino el de él”, dijo. Y volvió la cabeza para ver quién había hablado.
Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración: “Voy a lo que voy”, volvió a decir. Y supo que era él el que hablaba.
“Subió por aquí, rastrillando el monte —dijo el que lo perseguía—. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. Eso lo perderá.”
Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. E1 cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia los matojos con el machete: “Se amellará con este trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”.
Oyó allá atrás su propia voz.
“Lo señaló su propio coraje —dijo el perseguidor—. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca... Eso sucederá cuando yo te encuentre.”
Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo, medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró la casa enfrente de él, de la que salía el último humo del rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y le lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.
E1 que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.
“No debí matarlos a todos —dijo el hombre—. ”Al menos no a todos”. Eso fue lo que dijo.
La madrugada estaba gris, llena de aire frío. Bajó hacia el otro lado, resbalándose por el zacatal. Soltó el machete que llevaba todavía apretado en la mano cuando el frío le entumeció las manos. Lo dejó allí. Lo vio brillar como un pedazo de culebra sin vida, entre las espigas secas.
El hombre bajó buscando el río, abriendo una nueva brecha entre el monte.
Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vuelta sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La hiedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.
El hombre encontró la línea del río por el color amarillo de los sabinos. No lo oía. Sólo lo veía retorcerse bajo las sombras. Vio venir las chachalacas. La tarde anterior se habían ido siguiendo, el sol, volando en parvadas detrás de la luz. Ahora el sol estaba por salir y ellas regresaban de nuevo.
Se persignó hasta tres veces. “Discúlpenme”, les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso. Se defiende aunque se haga a la resignación y el machete estaba mellado: “Ustedes me han de perdonar”, volvió a decirles.
“Se sentó en la arena de la playa —eso dijo el que lo perseguía—. Se sentó aquí y no se movió por un largo rato. Esperó a que despejaran las nubes. Pero el sol no salió ese día, ni al siguiente. Me acuerdo. Fue el domingo aquel en que se me murió el recién nacido y fuimos a enterrarlo. No teníamos tristeza, sólo tengo memoria de que el cielo estaba gris y de que las flores que llevamos estaban desteñidas y marchitas como si sintieran la falta del sol.”
“E1 hombre ese se quedó aquí, esperando. Allí estaban sus huellas: el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de su cuerpo abriendo un pozo en la tierra húmeda.”
“No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre. Por allá hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que yo llevo. Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento. Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después. Así ahora, aunque no quiera, tengo que tener alguna señal. Así lo siento, por el peso, o tal vez el esfuerzo me cansó”. Luego añadió: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales... Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”
“Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí —dijo el que iba detrás de él—. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues.”
“Este no es el lugar —dijo el hombre al ver el río—.“Lo cruzaré aquí y luego más allá y quizá salga a la misma orilla. Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca”.
Pasaron más parvadas de chachalacas, graznando con gritos que ensordecían.
“Caminaré más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede devolverme a donde no quiero regresar.”
“Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos”.
Oía su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca. La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido.
¿Por qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría burlando de él. O tal vez no. “Tal vez esté lleno de rencor conmigo por haberlo dejado solo en nuestra última hora”. Porque era también la mía; era únicamente la mía. É1 vino por mí. No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, José Alcancía, frente a él y frente a ti y tú nomás llorabas y temblabas de miedo. Desde entonces supe quién eras y cómo vendrías a buscarme. Te esperé un mes, despierto de día y de noche, sabiendo que llegarías a rastras, escondido como una mala víbora. Y llegaste tarde. Y yo también llegué tarde. Llegué detrás de ti. Me entretuvo el entierro del recién nacido. Ahora entiendo. Ahora entiendo por qué se me marchitaron las flores en la mano.”
“No debí matarlos a todos —iba pensando el hombre—. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote; aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara... Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa es encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”
El hombre entró a la angostura del río por la tarde. E1 sol no había salido en todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.
“Estás atrapado —dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río—. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.”
E1 hombre vio que el río se encajonaba entre altas paredes y se detuvo. “Tendré que regresar”, dijo.
E1 río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.
“Hijo —dijo el que estaba sentado esperando—: no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora”. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo. ¿De qué sirve explicar nada? No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con él. “No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”
El hombre recorrió un largo tramo río arriba.
En la cabeza le rebotaban burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con su estertor, por eso me di prisa.” “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.
Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de sus pantalones.
Lo vi desde que se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebasó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aire y estaba nublado.
Me estuve asomando desde el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.
Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujerados. vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura, huérfana.
Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar mis borregos, cuando lo volví a ver con la misma traza de desorientado.
Se metió otra vez al río, en el brazo de en medio, de regreso.
“¿Qué traerá este hombre?”, me pregunté.
Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó zangoloteándolo como un reguilete, y hasta por poco y se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá a bajo, echando buches de agua hasta desentriparse.
Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.
Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría el remordimiento.
Ya lo decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Sólo soy un cuidador de borregos y hasta sí usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí bien tieso. Usted ni quien se lo quite que tiene la razón.
Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.
La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡De haberlo sabido!
Lo vi venir más flaco que el día antes con los huesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.
Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre.
Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva.
Se me arrimó y me dijo: “¿Son tuyas esas borregas?” Y yo le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.
No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más hobachona de mis borregas y con sus manos como tenazas le agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle creolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fueran a infestar los mordiscos que el hombre les había dado.
¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.
Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.
Y al otro día se volvió a aparecer. Al llegar yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.
Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le fallaban las piernas: “Camino y camino y ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros.” Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos. Eso me dijo. ¿Dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi? De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de mis borregas.
Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos.
Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.
Y estaba reflaco, como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó en las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los huesos hasta dejarlos pelones.
“El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.
Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.
Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no se nada. ¡Con decirles que se comía mis mismas tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!
¿De modo que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ahora sí. ¿Y dice usted que me va a meter a la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco del río está un difunto. Y usted me alega que desde cuándo y cómo es y de qué modo es ese difunto. Y ahora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ahora sí.
Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado el modo de hacerlo perdidizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino. Él sólo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.
Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; pero era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.
Yo no voy a averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.
De: El llano en llamas (1953)
“Pies planos —dijo el que lo seguía—. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan fulanos con estas señas. Así que será fácil.”
La vereda subía, entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres. Parecía un camino de hormigas de tan angosta. Subía sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allí y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.
Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin: “No el mío sino el de él”, dijo. Y volvió la cabeza para ver quién había hablado.
Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración: “Voy a lo que voy”, volvió a decir. Y supo que era él el que hablaba.
“Subió por aquí, rastrillando el monte —dijo el que lo perseguía—. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. Eso lo perderá.”
Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. E1 cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia los matojos con el machete: “Se amellará con este trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”.
Oyó allá atrás su propia voz.
“Lo señaló su propio coraje —dijo el perseguidor—. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca... Eso sucederá cuando yo te encuentre.”
Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo, medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró la casa enfrente de él, de la que salía el último humo del rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y le lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.
E1 que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.
“No debí matarlos a todos —dijo el hombre—. ”Al menos no a todos”. Eso fue lo que dijo.
La madrugada estaba gris, llena de aire frío. Bajó hacia el otro lado, resbalándose por el zacatal. Soltó el machete que llevaba todavía apretado en la mano cuando el frío le entumeció las manos. Lo dejó allí. Lo vio brillar como un pedazo de culebra sin vida, entre las espigas secas.
El hombre bajó buscando el río, abriendo una nueva brecha entre el monte.
Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vuelta sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La hiedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.
El hombre encontró la línea del río por el color amarillo de los sabinos. No lo oía. Sólo lo veía retorcerse bajo las sombras. Vio venir las chachalacas. La tarde anterior se habían ido siguiendo, el sol, volando en parvadas detrás de la luz. Ahora el sol estaba por salir y ellas regresaban de nuevo.
Se persignó hasta tres veces. “Discúlpenme”, les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso. Se defiende aunque se haga a la resignación y el machete estaba mellado: “Ustedes me han de perdonar”, volvió a decirles.
“Se sentó en la arena de la playa —eso dijo el que lo perseguía—. Se sentó aquí y no se movió por un largo rato. Esperó a que despejaran las nubes. Pero el sol no salió ese día, ni al siguiente. Me acuerdo. Fue el domingo aquel en que se me murió el recién nacido y fuimos a enterrarlo. No teníamos tristeza, sólo tengo memoria de que el cielo estaba gris y de que las flores que llevamos estaban desteñidas y marchitas como si sintieran la falta del sol.”
“E1 hombre ese se quedó aquí, esperando. Allí estaban sus huellas: el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de su cuerpo abriendo un pozo en la tierra húmeda.”
“No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre. Por allá hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que yo llevo. Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento. Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después. Así ahora, aunque no quiera, tengo que tener alguna señal. Así lo siento, por el peso, o tal vez el esfuerzo me cansó”. Luego añadió: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales... Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”
“Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí —dijo el que iba detrás de él—. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues.”
“Este no es el lugar —dijo el hombre al ver el río—.“Lo cruzaré aquí y luego más allá y quizá salga a la misma orilla. Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca”.
Pasaron más parvadas de chachalacas, graznando con gritos que ensordecían.
“Caminaré más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede devolverme a donde no quiero regresar.”
“Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos”.
Oía su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca. La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido.
¿Por qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría burlando de él. O tal vez no. “Tal vez esté lleno de rencor conmigo por haberlo dejado solo en nuestra última hora”. Porque era también la mía; era únicamente la mía. É1 vino por mí. No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, José Alcancía, frente a él y frente a ti y tú nomás llorabas y temblabas de miedo. Desde entonces supe quién eras y cómo vendrías a buscarme. Te esperé un mes, despierto de día y de noche, sabiendo que llegarías a rastras, escondido como una mala víbora. Y llegaste tarde. Y yo también llegué tarde. Llegué detrás de ti. Me entretuvo el entierro del recién nacido. Ahora entiendo. Ahora entiendo por qué se me marchitaron las flores en la mano.”
“No debí matarlos a todos —iba pensando el hombre—. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote; aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara... Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa es encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”
El hombre entró a la angostura del río por la tarde. E1 sol no había salido en todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.
“Estás atrapado —dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río—. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.”
E1 hombre vio que el río se encajonaba entre altas paredes y se detuvo. “Tendré que regresar”, dijo.
E1 río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.
“Hijo —dijo el que estaba sentado esperando—: no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora”. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo. ¿De qué sirve explicar nada? No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con él. “No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”
El hombre recorrió un largo tramo río arriba.
En la cabeza le rebotaban burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con su estertor, por eso me di prisa.” “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.
Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de sus pantalones.
Lo vi desde que se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebasó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aire y estaba nublado.
Me estuve asomando desde el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.
Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujerados. vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura, huérfana.
Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar mis borregos, cuando lo volví a ver con la misma traza de desorientado.
Se metió otra vez al río, en el brazo de en medio, de regreso.
“¿Qué traerá este hombre?”, me pregunté.
Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó zangoloteándolo como un reguilete, y hasta por poco y se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá a bajo, echando buches de agua hasta desentriparse.
Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.
Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría el remordimiento.
Ya lo decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Sólo soy un cuidador de borregos y hasta sí usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí bien tieso. Usted ni quien se lo quite que tiene la razón.
Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.
La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡De haberlo sabido!
Lo vi venir más flaco que el día antes con los huesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.
Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre.
Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva.
Se me arrimó y me dijo: “¿Son tuyas esas borregas?” Y yo le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.
No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más hobachona de mis borregas y con sus manos como tenazas le agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle creolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fueran a infestar los mordiscos que el hombre les había dado.
¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.
Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.
Y al otro día se volvió a aparecer. Al llegar yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.
Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le fallaban las piernas: “Camino y camino y ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros.” Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos. Eso me dijo. ¿Dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi? De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de mis borregas.
Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos.
Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.
Y estaba reflaco, como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó en las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los huesos hasta dejarlos pelones.
“El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.
Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.
Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no se nada. ¡Con decirles que se comía mis mismas tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!
¿De modo que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ahora sí. ¿Y dice usted que me va a meter a la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco del río está un difunto. Y usted me alega que desde cuándo y cómo es y de qué modo es ese difunto. Y ahora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ahora sí.
Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado el modo de hacerlo perdidizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino. Él sólo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.
Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; pero era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.
Yo no voy a averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.
De: El llano en llamas (1953)
UN NEGOCIO DE AVESTRUCES de H. G. Wells
-Hablando de precios de aves, he visto un avestruz que costó trescientas libras -dijo el taxidermista, recordando un viaje de su juventud-. ¡Trescientas libras!
Me miró por encima de las gafas.
-Otro en cambio no lo querían ni por cuatro libras. No, no se trataba de nada extraordinario. Eran avestruces vulgares y corrientes. Algo descoloridas además a causa de la dieta. Y no había tampoco ninguna restricción especial de la demanda. Cualquiera hubiera pensado que cinco avestruces comprados a un indio habrían salido baratos. Pero el problema estaba en que uno de ellos se había tragado un diamante.
»El tipo al que se lo cogió fue Sir Mohini Padisha, un dandy tremendo, un figurín de Piccadilly, podríamos decir que de los pies al cuello, porque luego venía una fea cabeza negra cubierta con un enorme turbante en el que estaba prendido el diamante. El bendito pájaro se lo llevó de un picotazo repentino, y cuando el tipo montó un escandalo, supongo que se dio cuenta de que había obrado mal y fue a mezclarse con los demás para preservar el anonimato. Todo sucedió en un minuto. Yo fui uno de los primeros en llegar, y allí estaba este pagano apelando a sus dioses, y dos marineros y el encargado de las aves muriéndose de risa. Pensándolo bien, era una manera muy rara de perder una joya. El encargado no estaba allí en ese momento, así que no sabía qué avestruz había sido. Estaba completamente perdido, ya me entiende. A decir verdad, no lo sentí mucho. El muy fanfarrón había estado pavoneándose con el diamante desde que subió a bordo.
»Un suceso como ése no tarda un minuto en ir de un extremo a otro del barco. Todo el mundo hablaba de él. Padisha se retiró para ocultar sus sentimientos. A la comida-tragaba a solas con otros dos indios- el capitán trató de animarle respecto del asunto y él se puso muy excitado. Se volvió y me habló al oído. No compraría las aves, recuperaría su diamante. Exigía sus derechos como ciudadano británico. Tenían que encontrar su diamante. Su postura era inamovible. Apelaría a la Cámara de los Lores. El encargado de las aves era uno de esos cabezas cuadradas a los que no se puede meter una idea nueva en la mollera. Rechazó todas las propuestas de injerencia en la vida de los animales por medio de la medicina. Sus instrucciones eran las de alimentarlos y cuidarlos así y asá, y no iba a jugarse el puesto por no alimentarlos y cuidarlos así y asá. Padisha quería un lavado de estómago... aunque no se puede hacer eso a un pájaro, ya sabe. El tal Padisha defendía cantidad de procedimientos tortuosos, como la mayoría de esos benditos bengalíes, y hablaba de derecho de embargo sobre las aves y cosas así. Pero un abuelito que dijo que tenía un hijo abogado en Londres argumentó que lo que tragaba un pájaro se convertía ipso facto en parte del pájaro, y que por tanto la única solución de Padisha estaba en una demanda por daños e incluso en ese caso pudiera ser que se demostrara culpa concurrente. No tenía ningún derecho para actuar sobre un avestruz que no le pertenecía. Eso molestó muchísimo a Padisha, tanto más cuanto que la mayoría de nosotros lo consideró el punto de vista razonable. No había ningún abogado a bordo para resolver el asunto, así que todos hablábamos a nuestras anchas. Por fin, después de pasar Adén, parece que Padisha aceptó la opinión general y, a título personal, se acercó al encargado para hacerle una oferta por los cinco avestruces.
»A la mañana siguiente se armó un buen lío en el desayuno. El encargado no tenía ninguna autoridad para negociar con las aves y por nada en el mundo las vendería, pero parece ser que le comentó a Padisha que un euroasiático llamado Potter le había hecho ya una oferta, por lo que Padisha denunció al tal Potter ante todos nosotros. Pero creo que la mayoría de nosotros pensaba que Potter había sido muy listo, y yo mismo, cuando Potter dijo que había enviado un telegrama desde Adén a Londres para comprar las aves y que tendría la respuesta en Suez, maldije vivamente la pérdida de aquella oportunidad.
»En Suez, Padisha se puso a llorar -auténticas lágrimas- cuando Potter se convirtió en el dueño de las aves y le ofreció directamente doscientas cincuenta libras por los cinco avestruces, que era más del doscientos por ciento de lo que había pagado Potter. Éste dijo que le colgaran si se deshacía de una sola pluma, que lo que quería era matarlos uno a uno hasta encontrar el diamante; pero más tarde, pensándolo mejor, se ablandó un poco. Era un jugador empedernido, el tal Potter, un poco raro a las cartas; en cambio este tipo de negocio con premio incluido debía de sentarle como un guante. En cualquier caso propuso, como diversión, vender las aves en subasta pública, cada una de ellas por separado a personas distintas y a un precio de salida de ochenta libras por cabeza. Él se quedaría con una de las aves para probar su suerte.
»Debe saber que el diamante era muy valioso -un diminuto judío, dedicado al comercio de diamantes que viajaba con nosotros, lo había tasado en tres o cuatro mil libras cuando Padisha se lo enseñó-, así es que la idea de apostar con los avestruces prendió. Ahora bien, por casualidad yo había mantenido algunas conversaciones sobre temas generales con el encargado de los avestruces, y de forma totalmente casual éste había dicho que uno de los avestruces estaba enfermo, se imaginaba que de indigestión. Tenía una pluma de la cola casi totalmente blanca, señal por la que lo reconocí; de forma que, cuando al día siguiente, la subasta empezó con él, yo superé con noventa libras las ochenta y cinco que ofrecía Padisha. Me imagino que estaba demasiado seguro e impaciente con mi apuesta y alguno de los otros descubrió que yo estaba en el ajo. Entonces Padisha fue por esa ave como un lunático irresponsable. Finalmente el judío comerciante en diamantes lo consiguió por ciento setenta y cinco libras, Padisha ofreció ciento ochenta justo después de caer el martillo, o eso declaró Potter. En todo caso, el comerciante judío se lo quedó y allí mismo sacó una escopeta y lo mató. Potter organizó un escándalo porque, según decía, eso perjudicaría la venta de los otros tres. Padisha, por supuesto, se comportó como un idiota, pero todos estábamos muy excitados. No te cuento lo contento que estaba cuando terminó la disección sin encontrarse el diamante, más contento que unas pascuas. Yo mismo había llegado a ofrecer hasta ciento cuarenta por aquel avestruz.
»El hombrecillo judío se comportó como la mayoría de los judíos y no armó ningún alboroto por su mala suerte, pero Potter desistió de seguir con la subasta hasta que se aceptara que la mercancía sólo se entregaría una vez terminada la venta. El hombrecillo judío quería demostrar que se trataba de un caso excepcional y como los argumentos andaban muy igualados se pospuso el asunto hasta el día siguiente. Aquella noche tuvimos una cena animada, se lo puedo asegurar, pero finalmente Potter se salió con la suya, puesto que parecía razonable que él estaría más seguro si se quedaba con todas las aves y que nosotros le debíamos cierta consideración por su comportamiento deportivo. Y el caballero que tenía el hijo abogado dijo que había estado dándole vueltas al asunto y pensaba que era muy dudoso si, una vez abierto el pájaro y recobrado el diamante, no debería ser devuelto a su auténtico dueño. Recuerdo haber sugerido que eso caía dentro de la ley de tesoros encontrados, que realmente era lo cierto sobre el tema. Hubo una discusión muy acalorada, pero resolvimos que desde luego era estúpido matar las aves a bordo del barco. Luego el viejo caballero, extendiéndose a su gusto en la charla legal, trató de establecer que la venta era una lotería, y por tanto ilegal, y apeló al capitán, pero Potter dijo que él vendía las aves en tanto que avestruces. Él no quería vender diamantes, decía, ni ofrecía eso como un incentivo. Las tres aves que él subastaba, según todos sus conocimientos y creencias, no contenían ningún diamante. Éste estaba en el que se había reservado, o así lo esperaba.
»De todas formas los precios subieron al día siguiente. El hecho de que ahora hubiera cuatro posibilidades en lugar de cinco originó una subida. Las benditas aves lograron una media de doscientas veintisiete libras, y, lo que es bastante extraño, Padisha no logró adjudicarse ninguna de ellas, ni una siquiera. Armó demasiado escándalo, y cuando debía estar pujando, estaba hablando de embargos, además Potter le trataba con cierta dureza. Un avestruz fue adjudicado a un modesto y callado oficial, otro al hombrecillo judío y el tercero a un grupo de ingenieros. Entonces pareció que Potter de repente lamentaba haberlos vendido, y decía que había tirado por la ventana mil libras claras como el agua y que probablemente no conseguiría nada y que siempre había sido un tonto, pero cuando fui a tener una pequeña charla con él con la idea de convencerle para que protegiera su última oportunidad, me encontré con que ya había vendido el avestruz que se había reservado a un político que iba a bordo, un tipo que había estado estudiando durante sus vacaciones los problemas sociales y la moralidad de la India. Ese último fue el avestruz de las trescientas libras. Bueno, pues desembarcaron tres de las benditas criaturas en Brindis¡, a pesar de que el viejo caballero dijo que era una violación de las regulaciones aduaneras, y Potter y Padisha también desembarcaron. El indio parecía medio loco al ver que su dichoso diamante andaba de acá para allá, por decirlo así. Seguía diciendo que conseguiría una orden judicial (lo de la orden judicial se le había metido en la cabeza) y dando su nombre y dirección a todos los tipos que habían comprado las aves para que supieran adónde tenían que enviar el diamante. Ninguno de ellos quería su nombre y dirección, y ninguno estaba dispuesto a dar los suyos propios. Le digo que hubo un buen jaleo en el andén. Todos ellos partieron en trenes diferentes. Yo continué hasta Southampton, y allí vi al último avestruz cuando desembarcaba. Era el que habían comprado los ingenieros, y estaba de pie junto al puente en una especie de jaula con todo el aspecto de ser el marco más estúpido y zanquilargo de un diamante valioso que se haya visto jamás... si es que era el marco del valioso diamante.
»¿Que cómo terminó? ¡Oh! Pues así. Bueno... quizá. Sí, hay una cosa más que puede arrojar alguna luz. Una semana más o menos después de desembarcar bajaba yo por Regent Street haciendo unas compras, y... ¿a quién veo hombro con hombro y pasándoselo a las mil maravillas sino a Padisha y a Potter? Si lo piensa seriamente...
»Sí. Lo he pensado. Sólo que, sabe usted, no hay duda de que el diamante era auténtico. Y Padisha era un indio eminente. He visto su nombre en los periódicos... a menudo. Pero si el avestruz tragó o no el diamante ciertamente es otro asunto, como usted dice.
domingo, 20 de noviembre de 2011
SREDNI VASHTAR de Saki (Hector Hugh Munro)
Conradin tenía diez años de edad, y la opinión profesional del médico era la de que el niño no viviría otros cinco. El médico era zalamero e inepto, y no valía mayor cosa, pero su opinión recibía el respaldo de la señora De Ropp, quien valía por casi todo. La señora De Ropp era prima y tutora de Conradin, y representaba para él esas tres quintas partes del mundo que son necesarias, desagradables y reales; las otras dos quintas partes, en perpetuo antagonismo con las anteriores, se resumían en él y en su imaginación. Conradin suponía que un día de estos acabaría sucumbiendo al yugo de las pesadas cosas necesarias, tales como las enfermedades, los mimos restrictivos y el prolongado aburrimiento. Sin su imaginación, desbocada bajo el acicate de la soledad, habría sucumbido tiempo atrás. Ni siquiera en sus ratos de mayor honestidad la señora De Ropp se habría confesado que le tenía aversión a Conradin, aunque acaso columbrara que el deber de frustrarlo "por su bien" no le resultaba particularmente molesto. Conradin la odiaba con una sinceridad desesperada que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que se ingeniaba para procurarse ganaban un gustillo adicional por el hecho de que probablemente habrían desagradado a su tutora; y la tenía expulsada del reino de su imaginación, a esa cosa impura que allí jamás encontraría cabida.
En el sombrío e inhóspito jardín, vigilado por tantas ventanas siempre prontas a abrirse y soltar la advertencia de no hacer esto o aquello, o el aviso de que era hora de tomar la medicina, hallaba él escasos atractivos. Los pocos árboles frutales que encerraba estaban celosamente vedados a sus manos, como si fueran raros especimenes que florecieran en un yermo; si bien quizás habría costado encontrar un verdulero dispuesto a ofrecer diez chelines por la cosecha de todo el año. Sin embargo, en un rincón perdido y casi oculto tras unos setos desmayados, había un cobertizo en desuso de considerables dimensiones; y bajo su techo Conradin encontraba refugio, algo que asumía los diversos visos de un cuarto de juegos y de una catedral. Lo había poblado con una legión de fantasmas familiares, sacados en parte de episodios históricos y en parte de su propia mente, pero el lugar también hacía gala de dos inquilinos de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina de Houdan de plumaje alborotado, a la que el niño prodigaba un afecto que a duras penas encontraba más salidas. Más al fondo, en la penumbra, había una amplia jaula dividida en dos compartimientos, uno de los cuales tenía al frente unas barras de hierro muy cerradas. Ésta era la morada de un gran hurón que su amigo el recadero de la carnicería había entrado de contrabando, con jaula y todo, a cambio de una reserva de monedas de plata atesoradas durante largo tiempo. Conradin le tenía pavor a la elástica fiera de colmillos agudos, aun cuando era su más preciada posesión. Su sola presencia en el cobertizo era motivo de una terrible y secreta alegría, que debía ocultar con sumo cuidado a La Mujer, como en secreto apodaba a la prima. Y un día, sabrá el cielo a partir de qué materia, hiló para la bestia un nombre fabuloso, y desde ese momento ésta adquirió la talla de un dios y una religión. La Mujer se entregaba a las prácticas religiosas una vez por semana en una iglesia de la vecindad, y llevaba con ella a Conradin, aunque el oficio litúrgico a él le parecía un rito ajeno en el templo de una divinidad asiria. Todos los jueves, en el mustio silencio del cobertizo, rendía un místico y complicado culto frente a la jaula de madera que habitaba Sredni Vashtar, el gran hurón. Ofrecía ante este santuario flores rojas cuando era la estación y bayas escarlatas en invierno, pues este dios ponía especial énfasis en la cara feroz e intolerante de las cosas; al contrario de la religión de La Mujer, que, hasta donde observaba Conradin, llegaba a extremos en la dirección opuesta. Y en las grandes festividades esparcía polvo de nuez moscada frente a su jaula, siendo parte importante de la ofrenda el hecho de que la nuez moscada tenía que ser robada. Estas festividades ocurrían con irregularidad y eran decretadas principalmente para celebrar algún suceso transitorio. En cierta ocasión, cuando la señora De Ropp padeció un agudo dolor de muelas por tres días seguidos, Conradin guardó las fiestas durante el mismo tiempo, llegando casi a convencerse de que Sredni Vashtar era en persona responsable del dolor de muelas. De haber durado el mal un día más, las existencias de nuez moscada se habrían agotado.
La gallina de Houdan nunca fue involucrada en el culto de Sredni Vashtar. Conradin había decidido hacía mucho que ella era anabaptista. No pretendía tener la más remota idea de lo que era un anabaptista, pero abrigaba la esperanza de que fuera una cosa flamante y no muy respetable. La señora De Ropp era el cimiento sobre el cual él basaba su odio por toda respetabilidad.
Pasado cierto tiempo, la tutora comenzó a notar la obsesión de Conradin por el cobertizo. "No le conviene andar perdiendo el tiempo por allí a todas horas", decidió prontamente; y una mañana mientras desayunaban le anunció que la gallina de Houdan había sido vendida y que se la habían llevado por la noche. Atisbo a Conradin con sus ojos miopes, a la espera de una explosión de rabia y de dolor que estaba lista a sofocar con una descarga de excelentes preceptos y razones. Pero Conradin no dijo nada: no había nada qué decir. Quizás algo en su rostro empedernido y pálido le produjo un remordimiento pasajero, pues esa tarde a la hora del té hubo tostadas en la mesa, manjares prohibidos por regla general, sobre el supuesto de que le hacían daño; y también porque hacerlas "daba trabajo", mortal ofensa para una mujer de clase media.
- Creía que te gustaban las tostadas -exclamó, con expresión herida, al notar que no las tocaba.
- A veces -dijo Conradin.
Esa tarde hubo en el cobertizo una innovación en el culto del dios enjaulado. Conradin solía cantarle alabanzas; esta noche le pidió una merced.
- Te pido una cosa, Sredni Vashtar.
No especificó qué cosa. Puesto que Sredni Vashtar era un dios, le correspondía saberlo. Y ahogando un sollozo cuando miró al otro rincón vacío, Conradin regresó al mundo que tanto detestaba.
Y cada noche, en la acogedora oscuridad de su alcoba, y todas las tardes, en la penumbra del cobertizo, se elevaba la amarga letanía de Conradin: "Te pido una cosa, Sredni Vashtar".
La señora De Ropp notó que las visitas al cobertizo no habían cesado, y un día realizó otro viaje de inspección.
- ¿Qué cosa guardas en esa jaula con candado? -preguntó-. Creo que son conejillos de Indias. Voy a hacer que se los lleven a todos.
Conradin apretó los labios, pero La Mujer registró su cuarto hasta encontrar la llave que éste había escondido con cuidado, y de inmediato bajó al cobertizo, con el fin de completar el descubrimiento. Era una tarde fría y Conradin había sido conminado a mantenerse dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se alcanzaba a ver la puerta del cobertizo tras la esquina del seto, y allí se apostó Conradin. Vio entrar a La Mujer, y luego la imaginó abriendo la puerta de la jaula sagrada y escudriñando con sus ojos miopes el fondo con el tupido lecho de paja donde se agazapaba su deidad. Tal vez, en su torpe impaciencia, se le iba a ocurrir hurgar la paja. Entonces Conradin murmuró por última vez su ferviente oración. Pero al rezar sabía que le faltaba convicción. Sabía que La Mujer iba a salir dentro de poco con la sonrisa fruncida que él tanto odiaba pintada en el rostro, y que en una hora o dos el jardinero se llevaría a su maravilloso dios, no ya un dios, sino un simple hurón pardo en una jaula. Y sabía que La Mujer triunfaría siempre como triunfaba ahora, y que él se iría haciendo cada vez más enfermizo por culpa de su acoso, tiranía y sabihondez, hasta que un día ya nada le importara mayor cosa y la opinión del médico resultara ser cierta. Y en el tormento y miseria de su derrota comenzó a cantar en voz alta y desafiante el himno de su ídolo en peligro:
Sredni Vashtar salió al ataque,
sus pensamientos eran rojos, sus dientes eran blancos,
sus enemigos imploraban la paz, pero él les daba muerte.
Sredni Vashtar, el Bello.
sus pensamientos eran rojos, sus dientes eran blancos,
sus enemigos imploraban la paz, pero él les daba muerte.
Sredni Vashtar, el Bello.
Y entonces cortó en seco aquel cántico y se apretó contra el cristal de la ventana. La puerta del cobertizo seguía entreabierta y los minutos transcurrían. Eran largos minutos, pero así y todo transcurrían. Contempló los estorninos que corrían y revoloteaban en pequeñas bandas por el césped; los contó una y otra vez, sin quitar nunca el ojo de la puerta giratoria. Una sirvienta de cara avinagrada entró a poner la mesa para el té, y Conradin seguía allí de pie, esperando y mirando. La esperanza había calado poco a poco en su corazón, y ahora una chispa de triunfo empezaba a brillar en sus ojos, que hasta entonces sólo habían reflejado la melancólica resignación de la derrota. A media voz, con un furtivo regocijo, reanudó el himno de victoria y desolación. Y sus ojos al fin fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo y bajo, entre amarillo y pardo, con ojos que parpadeaban a la luz del crepúsculo y negras manchas húmedas en la piel de las fauces y el pescuezo. Conradin se hincó de rodillas. El gran hurón caminó hasta el arroyo que corría por la parte baja del jardín, bebió allí por un momento y luego cruzó un puentecito de tablones y se perdió de vista entre los matorrales. Así partió Sredni Vashtar.
- El té está listo -dijo la sirvienta de cara avinagrada-. ¿Dónde está la señora?
- Hace un rato bajó al cobertizo-dijo Conradin.
Y mientras la criada iba a buscar a su ama para el té, Conradin sacó del aparador un pincho de tostadas y procedió a tostarse una rebanada de pan. Y mientras la tostaba, le untaba abundante mantequilla y se regodeaba parsimoniosamente al masticarla, prestó atención a los ruidos y silencios que se sucedían como en ráfagas tras la puerta del comedor: el alarido estridente y ridículo de la criada, el coro de respuesta que se elevó lleno de exclamaciones de sorpresa desde el área de la cocina, los pasos atropellados y las presurosas embajadas para pedir ayuda afuera; y luego, después de una corta tregua, los sollozos de espanto y los pasos arrastrados de quienes transportaban una carga pesada al interior de la casa.
- ¿Quién se lo va a contar al niño? ¡Yo no podría, de ninguna manera! -exclamó una voz chillona.
Y mientras discutían entre sí la cuestión, Conradin procedió a prepararse otra tostada.
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De yapa, el video de la interpretación del cuento de Alberto Laiseca, para el ciclo Cuentos de Terror...
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